Jaime Parlade PhotoParladé, desdén del Dandy

Para Tiziano el atardecer es la hora de la pintura; el atardecer es la hora de mirar las casas de Jaime Parladé, entre jazmines de agosto y serpientes de abrazos. Este caballero sureño, con el desdén del dandy, esclaviza a las clientas como un gigoló. Es el que da esplendor a las casas de los poderosos.

Pero no todos estos pueden decorar sus villas llamando a Parladé; si no le gusta el cliente, dice que está en Mesopotamia a la búsqueda de las lámparas de los cananitas o las lámparas de las vírgenes.

Busca en el fin del mundo muebles precisos, sin envaramiento, tiene una pasión narcisista por los espejos. Vive en el camino hacia Ronda con una inglesa, pintora de acuarelas, que busca durante todo el día flores silvestres con una cesta. Su villa es andaluza, patricia, barroca, pero su arte es ecléctico, una síntesis del refinamiento francés, la comodidad inglesa, la gracia y delicadeza andaluza. No hay una esquina del mundo que no conozca; sabe que el mármol es como el contrapunto en la música y que la belleza es parte de la teología.

“No es lo mismo comer strogonoff a la mostaza en Horcher que en un chiringuito”, me dice una de sus amigas. Decora las villas como un modisto de alta costura.

Parladé vive, apartado de las querellas y las lentejuelas del mundo, en una casa de muñecas, guardada por tábanos y chicharras.

Raul del Pozo
El Mundo
Agosto 2007

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